A ti, pijama, porque eres un maravilloso uniforme de trabajo

Soy una persona simple con todo lo que el concepto implica y eso hace que dé gracias por la existencia de ciertas cosas cotidianas de manera continua. Ejemplo de ello es el aire acondicionado, la pegatina que impide que las toallitas húmedas se sequen o el pijama. Y como hace un tiempo leí un artículo en el que se exponían motivos por los que no se debe trabajar con pijama (en casa, se entiende), yo voy a defender que sí; que el pijama es un gran invento y que es algo maravilloso, útil y en ocasiones precioso.

A usted, señor Mason Donovan (seguro que me lee, es el autor del libro ése odia-pijamas).

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XX vs. XY en el s. XXI

Siempre recordaré (y agradeceré la oportunidad) el primer día que trabajé de cara al público. Aunque tenía miedo y algo de vergüenza, no tardé mucho en sentirme cómoda en parte gracias a la amabilidad de los clientes ante una nueva y joven empleada. Se trataba de un servicio turístico de alquiler, cuyo cliente medio viene a ser más bien mayor, por lo que en general había siempre conversaciones muy amables, con educación, y a veces reiteradas ya que había clientes que venían cada día. Y a lo bueno una se acostumbra en seguida, y más cuando de vez en cuando caía alguna propinilla. Esto era gracioso; a pesar de ser la nueva, y de que posiblemente a veces pudiese dar más faena de la que quitase, me llevaba más propinas que mi compañero, que llevaba más años que yo y os aseguro que trabajador como el que más, y sin ser yo nada que se llegase a adaptar a los cánones de belleza (para que me entendáis).
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