Martinelizando Polonia: guerras, leyendas, hielo y ciudades ave fénix

Cada vez son menos las ocasiones que tengo para pasarme por aquí, o cada vez es menor mi disponibilidad y mi memoria, pero no, el barbecho jamás es definitivo por estos humildes lares digitales. Éste no es uno de esos posts que tengo semi pensado o planteado, sino uno de los de viajes y esta vez (por primera en este año) es uno de placer y sin portátil. Hoy toca martinelizar Polonia, concretamente Cracovia y Varsovia, con la tremenda guinda de Auschwitz-Birkenau.

El castillo de Varsovia y parte del casco antiguo, desde el barrio de Praga.

Como siempre, la idea de este post es compartir mis impresiones y algunas fotografías, nada de «la guía turística perfecta/más rápida/más barata» o reflexiones sociopolíticas. En esta ocasión hemos visitado las ciudades que mencionaba y he hecho fotos con el móvil y la cámara (por si os queréis entretener adivinando, no voy a indicar con cuál he hecho cada una). Y sin más dilación, te cuento qué tal el viaje a ti que no te has ido a hacer otras cosas.

Cracovia: un majestuoso premio de consolación

Polonia es un país con mucha historia y puede que de ésta sólo conozcamos pinceladas que se nos quedan al estudiar las guerras mundiales o ver películas (como es mi caso). A grandes rasgos, Cracovia te cuenta la suya (y sus leyendas) a medida que vas acercándote al casco antiguo sin que tú lo sepas, porque estás pisando la que fue capital hasta que por caprichos reales se le dio la pole position a Varsovia (a Segismundo lo conoceremos luego). Cuando ves la Lonja de los paños, la barbacana o la torre del ayuntamiento sabes que esas calles fueron algo gordo en ese país.

La plaza del mercado

Cracovia no fue tan castigada como otras ciudades en las guerras y conserva bastantes edificios de hace siglos, restaurados en mayor o menor medida. Es una de esas «capitales» bajitas, a lo París, de edificios de pocas plantas y casas que mantienen o han respetado la estética o estilo tradicional a medida que te acercas al centro histórico, Kazimierz y otras zonas cercanas. Me llamó la atención que estas casas antiguas tienen una especie de «falda» en la base de sus fachadas y lo bien que hacen su papel las bandadas de ratas voladoras palomas para decorar las fotos, alzando el vuelo en conjunto.

Las leyendas son otro elemento que en Cracovia también han sabido conservar, tanto oral como arquitectónicamente. Los dragones asoman de varias maneras en los edificios siendo uno de los emblemas de la ciudad por una historia similar al cuento de San Jordi (que no voy a mancillar con mi vergonzosa memoria, mejor la buscáis que debe estar por ahí bien contada). Pero, con el permiso de los seres humanos que conducen por el carril de la derecha si van lentos, son uno de los animales mitológicos que más me gustan, y si es vuestro caso podéis jugar a ir encontrándolos por la ciudad.

En la basílica de Santa María (en la misma plaza del mercado) toca un trompetista a cada hora en punto. La melodía es de nivel [/sarcasm]: unas pocas notas del acorde de Fa Mayor con un final no conclusivo. Aquí hay también una leyenda, pero tan nueva y vaga que no vale la pena (diría que la autora está viva, y las leyendas que molan tienen siglos).

Basílica de Santa María (en la plaza del mercado). Ojo a la ventanita de la torre más alta, lo que veis es una trompeta.

Hay bastante vida y color en las calles del centro histórico de Cracovia, y eso se mantiene en Kazimierz, la zona judía (que no ghetto). Si os gusta andar o no tenéis mucha alergia a ello se llega fácil desde el centro, y es una zona algo más bohemia que mola para cenar y tomar algo. Además de eso, si habéis visto ‘La lista de Schindler’ podréis visitar alguno de los escenarios que se usaron en la peli, aunque el verdadero ghetto quedaría en otro sitio. Aquí vemos alguna sinagoga, casas que conservan lo exteriores de la época, algún monumento en honor a los judíos que sufrieron el holocausto y un cementerio judío que lograron restaurar.

Si habéis visto ‘La lista de Schindler’ esto os sonará.

El cementerio judío en Kazimierz.

Lo que era realmente el ghetto, pues, queda más allá de esta zona, cruzando el Vístula (la antigua separación física), en el distrito de Podgórze. Está bastante reformado y mayormente ocupado por edificios de viviendas de nueva construcción, pero puede verse la plaza donde los judíos eran recogidos en trenes para ir a los campos de concentración y exterminio, así como la fábrica de Oskar Schindler (en pleno polígono industrial, que ahora es un museo -si pensáis ir comprad entrada online con antelación, que no os pase como a nosotros-) o la famosa farmacia de águila (también museo), que tuvo un papel importante en la época al ser Tadeusz Pankiewicz, quien la regentaba, responsable de salvar a gran número de ciudadanos.

Plaza de los héroes del ghetto. Las orientación de las sillas no es casualidad.

Mi turismo es vagamente religioso y escasamente católico, pero el opio del pueblo representa ladrillos (y losas) importantes en la historia mundial, y como vemos Cracovia no escapa de ello. El judaísmo tuvo y tiene aquí su comunidad y su papel en la ciudad, pero como vecino abundante tiene al catolicismo, especialmente con las esculturas y obras dedicadas al carismático papa polaco Juan Pablo II (Cracovia es la primera ciudad en cuanto a monumentos a este papa, quince si no me equivoco).  Yo de este hombre tengo buen recuerdo dentro de mi ateísmo cada vez más arraigado, pero para quien le sea de interés, diría que Cracovia es una especie de meca para quienes siguieron a este señor.

La parte de la muralla y la barbacana son también bastante bonitas. Nosotros hemos visitado la ciudad en casi invierno y la nieve le da un toque muy de postal (y ya sabéis lo que nos pasa a los valencianos con eso de ver agua que cae del cielo en cualquiera de sus estados físicos).

Tampoco ha hecho frío, frío de ése que te anula o aletarga, pero nunca te sobraban los guantes, las botas o una buena cazadora.

O un café.

O hierba mate.

De hecho, nos cayó más bien poca nieve y lo de pisarla, en Cracovia era cuestión de un rato si es que había cuajado esa noche. Un día incluso vimos el sol, de verdad.

El Vístula también es uno de esos conjuntos de agua que nos flipan a los de secano. El puente de los enamorados (con sus trescientos mil candados) tiene una iluminación que da para una foto chula nocturna, yo no la hice porque estas cosas no son siempre posible cuando vas en grupo (si tu cerebro también está en modo grupo), y menos con frío y prisas. Pero hice ésta de camino a la minas de sal, con un precioso ocaso hacia las 15:00.

La mina de sal en realidad está en Wieliczka, a una media hora en tren desde la estación central de Cracovia. Yo no había estado nunca en una mina y no me llenaba de entusiasmo pensar en encontrarme bajo muchos metros bajo tierra, pero me dejé de películas y la visité, e hice bien. Como se deduce, la sal es elemento dominante y, aunque la mina no está operativa hoy en día, fue una fuente de ingresos muy importante.

Esto es una de las cámaras más altas que se visitan.

Hay varios tipos de recorrido, nosotros hicimos el que dura unas dos horas y baja hasta cámaras situadas a 135 metros bajo tierra. Pero nada de carretilla, casco y ver piedra, aquí andas entre esculturas, salas para reuniones y conciertos e incluso capillas y saltos para hacer puenting. Mucho arte y barbaridad con la sal los de los polacos.

El techo de la capilla más grande. Salvo las tablas de madera, es todo sal, hasta las lámparas.
Éste es Copérnico. Del personaje se ve bastante en Cracovia y en Varsovia (y tengo bastante empatía con él con eso de no poner al ser humano en el centro de todo, contradecir a cierto rebaño y tener el pelo revuelto).

Cracovia es bonita y una de esas ciudades que se visita con tres o cuatro paseos de ésos de perder la noción del tiempo y de hacer paradas técnicas, como la que hicimos en un restaurante que está en el edificio de la Lonja de los paños (en los arcos exteriores), que conserva el aspecto antiguo y donde tocaba un pianista en directo.

Por cierto, los tours gratuitos son una solución muy buena para ver todo lo importante y enterarse de otros sitios que nos puedan interesar, como sótanos comunistas o determinados tipos de iglesias.

Cuatro personas haciendo el tonto en la plaza del mercado. Falta la que hace la foto, que es la experta, en realidad.

Y ahora hablemos del recuerdo póstumo de lo más inhumano de la historia contemporánea.

Auschwitz: la bofetada de realidad que todos deberíamos ir a recibir

Todos tenemos nociones del holocausto, del régimen nazi, el tercer Reich, etc. Hay mucho material sobre estos momentos de la historia de muchas maneras y enfoques, así que no voy a ir con nada de eso más allá de mencionar algún periodo o personaje. Casi todos sabemos qué fue Auschwitz y los campos de concentración y exterminio, habremos visto incluso alguna de las pocos fotos y vídeos que se salvaron, pero creo que por mucho que nos hayamos empapado de ese tema (y de prácticas tan repulsivas como las de Treblinka) no podemos sentir lo que sentimos al ver y atravesar el ‘ARBEIT MACHT FREI’ de Auschwitz o al plantarte en el fatídico raíl de entrada a Birkenau. Dos emblemas para la posteridad del exterminio sistemático humano.

Millones de personas fueron exterminadas aquí durante años sin que se supiese mucho más allá de los comederos nazis y éstos no estuvieron dispuestos a que se supiese tras su derrota, por lo que lo primero que se fue a destruir fueron las cámaras de gas y posteriormente los barracones. Con prisas no se hace nada bien y eliminar un rastro así no era posible cuando el enemigo pisaba los talones, pero aún así lograron eliminar casi todas las cámaras y gran parte de barracones, pero de éstos aún se pueden visitar muchos y también una cámara de gas.

Los barracones son museos del horror, de ciertos aspectos de lo que ocurrió en aquel triste lugar: la vida allí siendo un tipo de habitante u otro, objetos, caras, pelo, supuestas estufas e irónicas salas de juicio (juicios de unos minutos por acusado, casi siempre con el mismo veredicto y pena). Algo que podemos ver son los registros que se hacían y los números que desde el momento que pisaban el campo iban a ser su única identificación.

Lo que está escrito a mano es de Rudolf Höss.

Me llamó la atención la psicología que manejaban las SS para lograr que la gente fuese hacia su propia agonía y muerte sin darse cuenta, siendo casi una de sus principales armas más allá de fusiles y bayonetas. Edenes que nunca llegarían y duchas que nunca dejarían caer agua, y preguntas trampa como en las entrevistas de trabajo para poner una fecha u otra a esa vida, mientras sus pertenencias pasaban a ser beneficio del estado o del oficial de turno. Y tú estás allí y sientes que pasó, no lo lees ni lo ves.

La entrada a este barracón está lena de fotografías que se realizaba a los prisioneros, ya con su número. Me llamó la atención la de esta mujer, como con media sonrisa.

Matar no era sólo la actividad fundamental de esa pseudo-industria, sino que se hacía de varias maneras. Una de ellas era la horca, situada entre barracones para que además de vaciar alguna litera sirviese de advertencia para quien se plantease incumplir alguna norma.

Los fusiles tenían su lugar de uso, y aún se conserva un trozo.

Pero lo sistemático eran las cámaras de gas, en forma de vestuario o duchas, donde se depositaba Zyclon B (cianuro) para que se produjese una muerte lenta que otros judíos tendrían que limpiar.

La única cámara de gas que se conserva. No tengo palabras para lo que se siente o piensa al atravesar ese umbral y ver esa estancia.

Muy pocos escaparon, pero lo sorprendente es que lo hiciese alguno teniendo en cuenta la vigilancia y el vallado con alambre electrificado.

Esto es la entrada al patio donde se encontraba el muro de los fusilamientos. Los bloques que lo forman tenían estas vistas, como parte de la advertencia.

A mí el que me pareció más extremecedor si cabe es Birkenau, una ampliación de Auschwitz en la segunda parte del exterminio para acelerar el mismo. Aquí había barracones, pero el tren (sólo de ida) acabó llevando a pasajeros que ni llegarían a quedarse en ellos y ni siquiera a ser bautizados con un número.

Birkenau está bastante destruido, pero viendo la estructura (y las fotos que se conservan de la selección de los pasajeros para una muerte más o menos instantánea) se percibe la prisa por exterminar que había tras su construcción.

Lo poco que queda de una de las cámaras de gas de Birkenau, la parte de los hornos (las falsas duchas eran salas subterráneas de las que se conserva la estructura y la bajada).

En Auschwitz vi literas y me pareció «un lujo» en comparación a las estructuras que yo había visto en documentales (los de la BBC en Netflix muy buenos, por cierto). Descubrí que aquello que yo tenía en la memoria eran los barracones de Birkenau: ni cama ni nada, unas ocho personas por espacio.

En Birkenau no hay museo, son los restos. Te enfrentas a ese recorrido que a veces era tan corto, a esas tretas cuya bala era la misma inocencia del que la recibía y a esas estancias estructuradas para que todo se encontrase de la peor forma posible. La estructura perfecta para la agonía eterna e ininterrumpida con hambre, enfermedades y el despertar de ese germen de la lucha por la supervivencia que todos tenemos, pero para no volverlo a poner en latencia.

Tras años acabando con ella de manera ininterrumpida, ahora es la vida la que descansa sobre Birkenau.

Como hablaba con algunos amigos, creo que es un sitio que se ha de visitar para ser conscientes de que los humanos somos los seres que más inhumanos podemos ser, sin que haga falta tener un diagnóstico por parte de un psicólogo, psiquiatra o de la sociedad. Esto es historia pero tampoco de hace tanto, y te hace pensar todo: los objetivos, los procedimientos, los engaños al mundo. Quien grita más no suele tener razón pero a veces sí vende mejor, y el poder es una golosina que no suele digerirse bien.

Pasemos a la verdadera capital del país.

Varsovia: lo nuevo, si reciente, dos veces nuevo

Hace algo más de un año visité Washington D.C. y me dijo muy, muy poco. Creerme Lisa Simpson o Jenny en Forrest Gump fue divertido y relajarse a la sombra del obelisco comiendo yogur helado moló, pero a mí Washington ni me abrazó ni me conquistó de ninguna manera pese a tener edificios bonitos y mucho, mucho verde. La razón (que creo): fue una cuidad nacida para ser capital, con poca historia detrás y relativamente reciente. Muy igual y fría, pese a ser un homenaje continuo a distintas figuras. Y creo que con Varsovia me ha pasado un pelín igual.

Katedra św. Floriana, en el barrio de Praga.

Aquí la cosa cambia porque algo más de historia hay, lo que no hay son ladrillos de la misma en bastantes casos. Es una ciudad reconstruida de sus escombros tras la guerra con alguna cosa de sus inicios como capital, cuando el rey Segismundo III dijo que Cracovia ya había tenido suficiente protagonismo y que Varsovia mejor (y más cerca de Suecia).

El Palacio de la cultura, el edificio más alto de la ciudad, en la parte nueva.

Mejor no sé (no creo), pero Varsovia sí es más fría que Cracovia. Los días que hemos pasado en ella han sido de cielo negro o blanco, montones de hielos que deberían pagar contribución durante el invierno y zonas completamente cubiertas de éste, como el búnker-monumento al levantamiento judío en la renovadísima zona que antiguamente fue ghetto.

Foto de otoño en el Parque Lazienki.
Nos nevó un poco haciendo el tour judío.

Si en Cracovia tocaba hablar de ‘La lista de Schindler’, aquí toca hablar mucho de ‘El pianista’, dado que el film de Polanski está rodado (en parte) y ambientado en Varsovia (al basarse en la vida de Władysław Szpilman, pianista de esta ciudad). Aunque del guetto no queda nada, y lo que no se rodó en estudios fue en el barrio varsoviano de Praga, que aún mantiene en parte la estética antigua que se buscaba. También nos acordamos de Marie Skłodowska-Curie, otro personaje chuli polaco, dado que la casa donde creció ahora es un museo dedicado a su vida, y de Zamenhof, el creador del esperanto, que también tiene su rinconcito a su honor en lo que sería el ghetto.

De la represión y el genocidio encontramos el Museo judío de Varsovia, bastante valorado entre los de esta temática, que tiene un diseño modernista que emula el paso a través de las aguas de Moisés (esto nos lo contó el guía, pero que conste que lo del agua lo acerté).

En frente hay un monumento en homenaje a las víctimas que refleja tanto la represión como el cuestionamiento de los judíos sobre el por qué de esa condena a muerte a su propio dios. Una condena que en ese caso se producía, por cercanía, en Treblinka, campo de exterminio (ni siquiera de concentración) que no visité y del que queda sólo algo de las vías y monumentos de homenaje posteriores (pero que fue uno de los más terribles según se ha transmitido). Lo que hay además en Varsovia es un monumento en honor a las víctimas donde se encontraba aquella estación a la que más valía no ir jamás a esperar el tren, además de la línea donde quedaba el muro que separaba el ghetto de la parte polaca.

Ya fuera del judaísmo, otro personaje chuli de Varsovia que no podemos olvidar es Chopin. La ciudad suena bastante al músico y de hecho, aunque sus restos están en París, podemos acercarnos a su corazón si andamos por la calle Krakowskie Przedmieście (que bautizamos como «la calle bonita» porque ahora estaba con las luces de Navidad y que enlaza comercios y sitios emblemáticos) y entramos en la iglesia de la Cruz. Dentro de ella veremos que en una columna figura un busto del músico y una inscripción que indica que su corazón se guarda allí.

También tiene un monumento en un parque que queda al sur del casco antiguo, el enorme Parque Łazienki, aunque de ahí destaco sobre todo los patos y las ardillas (y algunos palacios que les hacían compañía).

Eso es mi mano dando un trocito de un dulce típico polaco (tipo polvorón, pero con sémola) a la que fue mi mejor amiga durante ese rato.
El Parque Łazienki es como una especie de Retiro, con palacios y edificios dentro. Aquí yo haciendo la monguer en una construcción china.

Además del levantamiento judío está el de los polacos, lo cual tiene su monumento al alzamiento de Varsovia en 1944 en la plaza Krasiński, así como el dedicado a los niños que tuvieron que combatir en la guerra.

Dejando a un lado guías y mapas, lo que pudimos hacer por la época y los días del año es patinar en la plaza del mercado, que es de las partes más bonitas y que ahora es hogar de los artistas pudientes. En el centro tiene una fuente con la escultura de una sirena (otro punto turístico) y ahora hay montada una pista de patinaje. Para ser mi primera experiencia con esos patines no estuvo mal (si no contamos que puede que me haya lesionado un poquitín), me lo pasé pipa y repetiré cuando tenga opción. Así que si os decidís por pasaros por Varsovia en diciembre tenéis también esta opción alejada de tópicos turísticos (y cercana a los navideños).

Personalmente os recomiendo la visita a Varsovia sólo si estáis cerca, no es nada espectacular y paga el precio de estar reconstruida tras quedar arrasada en la guerra. Y si lo hacéis necesito que sea con Andrés, el guía más loco que he tenido en mi vida (de Free Walking Tours).

Y en cuanto a la visita a Polonia (por lo poco que he visitado), personalmente me ha gustado mucho ir en estas fechas pese a los mocos y la corta duración del día, porque me voy con la sensación de que he conocido el país de una manera más realista (lo de los parques congelados tiene un encanto especial, no lo he sabido hasta ahora).

Pero sobre todo os recomiendo la visita al país si os gusta comer y beber en cantidades abundantes por precios a veces de risa (y siempre muy bien atendidos y la mayoría de veces en perfecto inglés).

Zurek (la zeta lleva tilde), una de las sopas que se sirve dentro del pan a veces (aunque la más típica es la bigos).
Muchas risas cuando trajeron esta salvajada para tres personas: codillo, pato, costillas, schabowi (carne rebozada), tres tipos de patata y manzana asada, entre otras cosas.
Pierogi y algunas otras cosas.
En Varsovia: sopa con salchicha y otros, pierogi (una especie de empanadillas a lo dumplings, los mejores los de queso, con diferencia) y cerveza polaca.
Crepes de espinacas. No son típicos, pero qué buenos estaban.

Nosotros no nos hemos ganado la barbaridad de kilocalorías que hemos ingerido, pero al menos sí nos habremos ganado alguna de las sopas porque siempre han sido visitas de andar bastante, al menos 10 kilómetros al día (si os gusta visitar los sitios tipo yo eso es un mínimo muy mínimo). Lo que es un reto es intentar aprender las expresiones habituales en polaco, pero es curioso y divertido intentarlo.

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