Martinelizando Noruega: guía de cómo hacer un sueño realidad de la mejor manera posible

Érase una vez una niña que descubrió qué eran las auroras boreales y pensó que jamás las vería. Creyó que era algo que sucedía en lugares que nunca pisaría y que tendría que conformarse con las fotos que veía en libros y revistas (y más tarde en internet).

Pero un día supo que verlas es algo al alcance de cualquier turista (con medios y ganas) y se propuso hacerlo. Al principio pensó que era una meta bastante loca y que tendría que hacerlo sola, pero al final dio con tres locos más (y un medio loco) que acabaron aportando su granito vagón de arena para que el sueño se materializase de la mejor manera posible.

El destino estaba claro: Tromsø, meca de auroras por excelencia. Pero ya que se subía tan arriba y que la meta era cumplir un sueño se tenía que hacer bien.

Esta es mi particular crónica del viaje de mi vida, espero poder transmitiros lo vivido, porque fue sublime. Tomad asiento.

(Nota: este post está escrito con cantidades ingentes de amor y horas que debería haber destinado a dormir, pero si sólo queréis ver dibus, tenéis las fotos en Instagram con la etiqueta #Northinelli y las que hice con la cámara e las auroras boreales en esta galería de Flickr.)

Noruega, parte I: Oslo

Poco a poco voy visitando las capitales europeas y comprobando que muchas son bastante agradables: edificios bajitos, verde y agua (ya sabéis que a los valencianos nos entusiasman estas dos últimas cosas). Oslo cumple con esto, salvo por la particularidad de que en invierno el verde y el agua son toneladas de nieve y hielo.

Es una ciudad bonita que alterna casas de pocas alturas con grandes parques y edificios importantes como el Palacio Real o el Parlamento. Es de visita fácil porque no tiene tanto como París o Londres, y sinceramente tampoco cautiva como éstas ni mucho menos, pero ya que se subía al nortísimo de Europa había que pasarse por allí.

No sé si habrá mucha diferencia entre estaciones (más allá de la estética), pero en invierno es particularmente tranquila. Las calles están llenas de nieve y hielo y supongo que muchos evitarán coger el coche, porque aunque en muchas calles se despeja el asfalto y las aceras (algo de lo que creo que se encargan tanto los organismos municipales como empresas privadas), otras están completamente cubiertas, por no hablar de los muchísimos automóviles que apenas se diferenciaban bajo grandes cúmulos blancos.

Por cierto, en los países nórdicos no se echa sal para quitar la nieve, se echan piedras para que se pueda andar sobre el hielo y ésta sin resbalar (aunque esto no siempre sea efectivo). De hecho, si te pones zapatillas con suela dentada se te quedan muchas clavadas, y en parte por eso la costumbre es quitarse las botas en cuanto se entra a casa.

Volviendo a Oslo, callejearlo es bonito si te gusta andar rodeada de una estampa navideña constante y especialmente si adoras que te nieve todo el rato. Lo ideal es pillar algún free tour (pero aunque sea free espero que deis una propinilla, que lo suelen hacer muy guay) para enterarse de la historia y ver los principales monumentos y edificios, que están todos por la misma zona. Los que más me gustaron fueron la Ópera (muy simbólica y representativa), el Parlamento y el ayuntamiento por dentro.

También hay bastantes museos, entre ellos la Galería Nacional donde se encuentra una de las versiones de El grito de Munch (yo no lo vi, cosas que pasan). Nosotros decidimos visitar el Museo folklórico noruego y el Museo de barcos vikingos, y los dos muy guay.

El primero es muy curioso porque se trata de un museo al exterior. Son una serie de casas y edificios del país puestos en orden más o menos cronológico, de modo que andas durante un buen rato yendo desde las casas de determinada zona y fecha hasta otras más modernas (años 70 y 80). En algunas hay gente vestida de la época y puedes pillar demostraciones chulas como la que degustamos nosotros (café y una especie de crepes noruegos).

Personalmente considero que tiene más encanto visitarlo en invierno, porque más allá de que te gusten o no las estampas de postal navideña de ese modo te haces a la idea de cómo vivía esa gente que decidió establecerse en esa latitud cuando no había calefacción ni Goretex. Ves el sentido de esas casas tan altas, o vives lo reconfortante que sería entrar a tu casa calentita tras un día en el exterior (si se agradece sólo tras dar un paseo imaginad lo que sería tras estar no sé cuántas horas cargando piedra, pescando o cazando renos).

Otro consejo aquí: visitarlo en invierno es caminar por la nieve durante dos o tres horas. No cansa, pero congela, así que es importante que os pongáis una buena combinación de calcetines y un calzado adecuado, mucho más que visitando Oslo o cualquier otra ciudad. Si como yo no aciertas (llevé «sólo» dos pares de calcetines térmicos y unas botas de piel felpadas), puedes ir al hall principal y calentarte los pies. No es ninguna locura ir allí, sentarte y quitarte calcetines y zapatos para arrimar el pie a la fuente de calor; estamos mal hechos y, por alguna razón, si tenemos fríos los pies tenemos frío en todo el cuerpo.

A mí se me enfriaron tanto que no quería ir al Museo de barcos vikingos que está a cinco minutos andando, pero por suerte mis compañeros de viaje votaron a favor y fuimos. La verdad es que hay poquito, tres o cuatro barcos y las típicas vitrinas llenas de objetos encontrados y restaurados de los antiguos habitantes del país, pero vale la pena entrar y encontrarte de tú a tú con un barco que hasta el momento habías visto representado en series, películas y en atracciones de feria.

Por cierto, a estos museos vas en tren desde Oslo (están a las afueras). El trayecto es corto pero está muy guay, ves parte del puerto, los muelles, alguna granja o a gente haciendo esquí de fondo por los alrededores.

La noche en Oslo es bastante animada. Hay algunos pubs de estilo jazz y música en directo, karaokes o pubs más tipo España, con su terracita (de interiores), su reaggeton y sus particulares visitantes. Nosotros fuimos a uno del centro que estaba bastante concurrido (le preguntamos a la guía y fue una de sus recomendaciones, teniendo en cuenta nuestros gustos), y estuvo bastante bien.

La fiesta es más o menos de 23:00 a 3:00 de la mañana. Conviene aprovechar el rato de ambiente hasta el final porque la entrada te cuesta 15 euros (las copas ni idea, pero teniendo en cuenta que en Londres son caras en Noruega no quiero ni pensarlo). En el que entramos nosotros había cola y pedían ver la identificación para entrar, así que si vais de fiesta por allí no lo olvidéis.

Si eres una persona de madurez relativa y felicidad innata ves nieve y automáticamente vuelves a ser un niño de diez años

Otra cosa que podéis hacer en Oslo es disfrutar de sus parques. Nosotros lo hicimos el primer día de manera improvisada, porque si eres una persona de madurez relativa y felicidad innata ves nieve y automáticamente vuelves a ser un niño de diez años. Lanzas (y recibes) bolas de nieve, haces ángeles sobre ella o, si tienes suerte (o dinero), pillas un trineo y aprovechas cualquier cuesta nevada para deslizarte. O planificas una tarde de deslizamientos, todo el rato.

Más allá de lo genial que es esto, también puedes visitar un parque como un adulto (a ratos), por ejemplo el que consolida la antigua Fortaleza (frente al mar, muy bonita), el del Palacio real o Vigeland (que está lleno de esculturas de momentos de la vida, es bastante curioso).

Oslo está bien, es bonita, pero no es para ir adrede. Es para visitarla de paso como nosotros, no para ir como vas a Roma, Praga y otras ciudades más grandes y plagadas de edificios y monumentos emblemáticos. Pero me gustó mucho callejearla, me encantó que me nevase encima cada día (y especialmente paseando por el puerto), caminar sobre la Ópera (con un día de sol espectacular, que no abundan) y sobre todo me lo pasé genial deslizándome con el trineo. Y sobre todo es una buena manera de contactar por primera vez con el invierno noruego, que no es moco de pavo.

Noruega, II parte: el norte del norte de Europa

Tromsø: la meca de las auroras, pero mejor sólo de paso

Mi hype por Tromsø era tremendo. No me podía creer que subía a un avión que me iba a llevar a esa isla que todo el mundo relacionaba con las auroras boreales. «¿Y si hay auroras durante el vuelo? Es posible» pensé, tras repasar mentalmente las capas de la atmósfera. Fui como una niña de camino a Disneyland París en su máximo exponente pero sin el «¿Ya llegamos?» y las ganas constantes de orinar.

Lo fui tanto que cuando el piloto dijo que mirásemos las auroras por la ventana casi me da algo. Yo no las vi durante el vuelo, pero si al aterrizar, y era la única emocionada en todo el avión. Y me dio igual (yo no tengo la culpa de que la gente esté muerta por dentro).

Salimos y ahí estaba. Ya con algo menos de intensidad, pero el halo verde nos daba la mejor bienvenida que podíamos tener: un sueño (casi) cumplido.

El plan era dormir allí y ver el pueblo el día siguiente para partir a nuestro próximo destino en Senja, la isla de al lado. Pero esa noche estaba despejada y había que aprovechar, así que una vez descargamos trastos en el hotel y supimos los mejores puntos para ver auroras (le preguntamos al chico del hotel, que tenía un mapa con las zonas señaladas), fuimos al que mejor nos quedaba. Era una playa al sur de la isla y no estaba muy lejos del centro, pero lo malo es que hacía mucho viento, y es uno de los principales enemigos de los trípodes (y de mantener la temperatura corporal).

No obstante, para ser unos novatos agotados y algo locos no nos salió mal del todo la jugada. La playa tenía el acceso congelado literalmente, y con el viento no fue fácil llegar a un buen punto sin caerse de culo cargando el trípode e historias. Una vez logramos establecernos cual guerreras escandinavas luchando contra un dios nórdico cabreado, empezaba la fiesta: tocaba ajustar y disparar y en el visor lo único que se veía era negro, oscuridad, la ausencia más absoluta de luz.

Y entonces descubrimos la magia de la óptica: las cámaras se inventan las auroras. Es decir, tú la ves, lo flipas, lo flipas mucho, pero cuando disparas con lenta exposición e ISO moderada tu cámara zas, te muestra un verde nivel plutonio de los Simpson que igual tú no has apreciado como tal. De hecho, en adelante solíamos disparar a ciegas a ver si había aurora y no la percibíamos (la ignorancia es así de bonita).

Os voy a poner la primera foto que lancé (como os comento, completamente a ciegas). Tras un suspense de unos segundos, fruto de la larga exposición y el tiempo que mi cámara dedica a procesar la foto, que nos mató, flipamos en colores (nunca mejor dicho):

Aurora boreal, Tromso

Alucinamos bastante porque ya no se apreciaba eso ni mucho menos a ojo humano (y yo personalmente flipé por haber acertado más o menos los parámetros de disparo). Aunque de esa noche no tengo muy buenas fotos, por inexperiencia y por el viento, pero eh, fue nuestra primera noche de caza-auroras y fue genial.

¿Cómo se sacan entonces fotos de auroras? Me cansé de leer posts sobre eso. Sobra decir que cuanto mejor sea la cámara y mejor el objetivo (grandes angulares para auroras con paisaje, etc.) mejor que mejor, pero ése no era mi caso. Llevé mi Fuji X-M1 con el objetivo de serie, el 16-55mm, porque no tengo otro y no quería que nadie me dejase uno suyo porque son muy caros (y no tengo tanta confianza con ningún usuario, es como pedir un hijo). El truco es disparar lento con la mínima ISO para que no se llene de ruido, y en mi caso empecé quedándome en ISO 1250 o 1000 y exposiciones entre 15 y 30 segundos. El enfoque es una fiesta porque no ves nada, y el enfoque «infinito» a veces es un pus y te toca ajustar a poco más de 10 metros aunque lo que quieras enfocar esté a más de 200 metros (las quejas a Fuji).

En resumen: tú pruebas, calculas exposición e ISO, miras de mejorar enfoque, y vuelves a disparar. En el visor verás negro, y como mucho la Luna o alguna casita (si has elegido un sitio despejado). En el caso de tener alguno de estos puntos de luz sí te pueden venir bien para enfocar, y la Luna puede ser un añadido guay (si enfocas bien y si no está ya en una fase en la que ilumine demasiado).

El día siguiente teníamos que partir pronto y aún no habíamos ni cenado, así que tampoco lo hicimos muy largo. La mañana siguiente visitamos Tromsø dando un paseo, aprovechando para hacer unas compras en el súper, pasando por la biblioteca, el puerto, una de las iglesias y una zona peatonal del centro. Como íbamos a salir hacia el oeste, dejamos la Catedral del Ártico y el teleférico para cuando ya cogiésemos el coche.

El rollo de la ciudad-isla es completamente distinto de Oslo. Es un pueblo pequeño con esa catedral modernista, algunos miradores, esa biblioteca estilo Calatrava y algunas calles peatonales guays para pasear. Tiene unos túneles infinitos para cruzarla y bastante vida en general, casi más que Oslo, supongo que al tratarse de una ciudad universitaria (además del turismo).

Por las afueras (ya en la otra orilla está el teleférico, al que mola subir por las vistas y porque puedes pasear por la montaña) parece estar en construcción y es bastante menos acogedora, y la catedral tiene un horario bastante peculiar (abría a la 13:00 y no nos dio tiempo), así que es de visita corta.

Otro consejo: comer en restaurantes es prohibitivo. Es muy caro en general, salvo excepciones pasables como el Egon (el VIP’s noruego), así que lo ideal es 1) llevarse comida en la maleta y 2) comprar en los súpers de allí. Según cómo sea vuestro viaje puede ser que os convenga comer en el coche (sobre todo si es un roadtrip tipo el nuestro, así que haceos con algún tipo de mantelillo y cubiertos y demás de plástico, que hay mucho punto con vistas bonitas para parar para comer y ahorrar algo).

Senja: el blanco paraíso donde se ubica mi hogar platónico

Ir de Tromsø a Skaland fue una maravilla. En invierno el día en Noruega es de risa porque dura unas cinco-seis horas, y lo bueno que tiene esto es que siempre hay luz bonita; del amanecer al atardecer, y tiro porque me toca. Nos despedimos de la isla con luces crepusculares que viraban del naranja al rosa y se dejaban consumir por el constante y gélido azul.

Montañas cercanas a Tromso

Las carreteras (bastante buenas) están constantemente rodeadas de altas cordilleras y la muchas veces bordean la costa. Nuestra favorita: Primær fylkesvei 86 (o carretera principal 86). Es como una especie de A7 para los fiordos, y nos encantaba cómo lo pronunciaba la hiperexcitada voz de Google Maps (aunque no supimos qué decía hasta que lo buscamos por internet).

Para alojarnos en Senja buscamos algo en la zona de Hamn i Senja y finalmente acabamos en Skaland. Una zona que tiene cerca pueblos pesqueros, fiordos bonitos y miradores y que por altura era también candidata para auroras.

Hay una anécdota graciosa con la casa de Senja. Las indicaciones que nos dio el arrendador no eran demasiado claras y nos costó bastante encontrarla (había una foto desde la peor perspectiva posible, y además estaba anocheciendo). Teníamos pistas del tipo “a x metros del cruce”, “la casa con un balcón y dos ventanas” y cosas así, pero al final dimos con ella por las vistas que tenían las habitaciones en las fotos de Airbnb (tiembla, Sherlock). Ahí nos dimos cuenta del tipo de urbanización en los fiordos: un pueblo podían ser una serie de casas arriba y abajo de un camino, y si te pasas te lo pierdes. Es el paraíso.

Esa casa para mí fue la mejor. Por localización sobre todo, porque tenía vistas al fiordo y bueno, esa misma noche empezamos a ver auroras desde la terraza.

Es decir, tú vives ahí, te despiertas, te tomas el café calentito mientras amanece, vuelves del trabajo ya casi de noche y cuando te tomas el café de la tarde te sientas en tu terraza a ver auroras. Es una locura, es una puñetera locura.

Aurora boreal, Skaland

Una vez acomodados nos fuimos al fiordo de al lado a cazar auroras. El cielo despejado nos regaló un buen repertorio de mantos verdes y amarillos que iluminaban como si se fuese a abrir el día, y entonces nos dio algo intermedio entre síndrome del turista y síndrome McGyver: ¿por qué no intentar salir nosotros con las auroras de fondo?

Aquí la pseudo-aprendiz de fotografía alzó la ceja casi hasta la nuca diciendo que no había focos y que la persona tenía que estar algo más de 30 segundos quieta, además de tener que acertar el enfoque a ciegas. Pero quien la sigue la consigue, y con recursos e ideas que provocarían ingratos a la comunidad fotógrafa entera nos hicimos nuestra foto con las auroras detrás. Like Sirs. De hecho, nos hicimos un montón (hasta que me cansé, xD).

Aurora boreal, Senja

De esa noche tengo mejores disparos que de la primera, aunque tardé en darme cuenta de que podía achuchar algo más la ISO y hay bastantes con más ruido que un bar español en hora punta. Pero me quedo con el empeño de mis amigos por sacar las fotos de auroras con personas; no pensaba que aún podía sentirme más afortunada de haber ido con ellos.

Aurora boreal, Senja

Aurora boreal, Senja

En Senja estaríamos dos noches, por lo que el primer día aprovechamos para recorrer los fiordos y puntos bonitos cercanos. Empezamos por el mirador de Bergsbotn utsiktsplattform, que estaba a un tiro de piedra de casa, y que es esta barbaridad de paisaje.

Tras hacer trescientas mil fotos (lo dicho, en invierno sieeeeempre hay luz bonita <3), pasamos por el trol un poco por quedar bien, porque es una chufa (Senja Troll Park). Luego pasamos por Hamn i Senja, que es un pueblecito pesquero bastante chulo y aproveché para tomarme un café de ésos de cuatro o cinco euros.

Comimos por ahí (en el coche) y por la tarde jugamos a “a ver quién se atreve a pisar ese río congelado” (nadie) y por primera vez conduje por nieve. Como dijo mi querido Javi, conducir por nieve (con neumáticos de nieve) es una pasada. Lo de esos neumáticos es magia negra, ciencia infusa. Se adhieren perfectamente y conduces como si nada por carreteras más blancas que grises. Y bueno, llevar el volante entre esos paisajes es una gozada.

Porque tú tienes una casa ahí y ves auroras así, con la luz apagada, la calefacción y en pijama

Esa noche no hubo caza de auroras porque no salieron… Hasta que nos fuimos a dormir. Me quedé un rato viendo esa aurora de buenas noches sentadita dentro de casa, en pijama. Porque tú tienes una casa ahí y ves auroras así, con la luz apagada, la calefacción y en pijama. Acojonante.

Aurora boreal, Senja

La mañana siguiente nos despedimos de mi hogar ideal visitando primero Ersfjord, un fiordo que tiene una montaña muy característica en forma de garra o dientes de tiburón (sale en una de las fotos de las auroras, la anterior a la que salen personas) y por el que me hice la película de estar en el planeta de Mann de Interstellar.

Después fuimos hasta Husøy, que es una islita muy pequeña al norte de Senja. Está unida a ésta por una carreterita (aquí hay una pequeña anécdota de querer matar a mis amigos), y bueno, no es que sea una pasada pero hay buenas vistas del fiordo en una pequeña montañita que tiene. Fue donde me caí mi primera y única culada en todo el viaje, dato importante.

Comimos de camino, concretamente tras pasar por encima de un río congelado, tal cual. Porque en esa parte del mundo los ríos son tan caudalosos y se congelan tanto que en invierno no necesitan ni puentes.

Kvaløya y la noche más espectacular de mi vida en Vikran

Con el estómago lleno retomamos el precioso camino hasta Vikran, donde estaba nuestro siguiente alojamiento (muy cerca de Tromsø). Los tonos del ocaso los acompañaron hasta que el manto de la noche lo cubrió todo, y llegamos a la pequeña localidad de Vikran y a nuestro alojamiento pesquero, donde nos esperaba una sesión de sauna. Sauna alternada con baños de nieve, claro (es algo que has de hacer, sí o sí, porque es algo que sólo puedes hacer en sitios como ése y porque te quedas mega bien).

Esa noche tocaba ir de caza, así que tras cenar algo calentito en casa cogimos el equipo y partimos en búsqueda de un sitio con poca contaminación lumínica. De camino empezaron las auroras y paramos donde pudimos (había algunas casas con luces, pero es que había que parar). Y muy bien que hicimos, porque VAYA PEDAZO DE ESPECTÁCULO BOREAL EL DE ESA NOCHE.

Cortinas de agujas que viraban de verde a púrpura pasando por amarillo y naranja se movían sobre nuestras cabezas

Qué barbaridad. Qué tremendo. Qué apoteósico. Sublime. Os lo prometo, no sabía ni dónde encarar la cámara porque el cielo era una locura continúa sobre nosotros. Cortinas de agujas que viraban de verde a púrpura pasando por amarillo y naranja se movían sobre nuestras cabezas. Yo lloraba y me reía a la vez, es que fue sublime, sublime lo de esa noche. La noche más impresionante de mi vida, sin lugar a dudas.

Aurora boreal, Vikran

Aurora boreal, Vikran

Aurora boreal, Vikran

Cuando la cosa se calmó un poco decidimos buscar un sitio con menos luz. Lo encontramos y tuvimos otra dosis de auroras espectaculares, también con tonos morados y anaranjados. Por mucho que me empeñe no se puede transmitir con palabras; ojalá tengáis la suerte y la oportunidad de vivir algo así.

Aurora boreal, Vikran

Aurora boreal, Vikran

Aurora boreal, Vikran

El día siguiente tocaba trineo con perros. Miramos todo lo que se ofertaba por la zona y elegimos la opción de conducir nosotros mismos de Tromsø Villmarkssenter, que además incluía comida (guiso de reno). Si tenéis idea de hacerlo yo recomiendo ésta totalmente, ya que te explican muy bien cómo llevar el trineo y los perros son mega obedientes.

Se trata de una mezcla de razas que denominan husky de Alaska, con parte de husky siberiano y labrador retriever (para que tengan hambre). Parecen estar delgados, pero están fuertes (son todo fibra sin ser voluminosos). Da un poco de pena que estén todo el día atados (menos cuando salen al trineo), es lo único que no me gustó (pero los vi bien, sanos y bien cuidados -pude examinar a uno más o menos).

Mola mucho ir con el trineo. Te llevan por una montaña con elevaciones y saltos, bien por el trazado marcado o a veces improvisando un poco. Hay trozos con vistas bastante bonitas, sobre todo si tienes la suerte de que sale el sol. Al principio da un poco de miedo frenar del todo y acelerar, ya que implica quitar ambos pies del trineo (para pisar el freno o para correr y empujar), pero tardas poco en cogerle el truco y perder ese temor.

El guiso de reno es un estofado bastante estándar, muy parecido a la ternera. No está fuerte y lleva algunas verduras (patata, zanahoria y alguna otra cosa más). Te lo sirven en una cabaña estilo sami, así como una tarta de chocolate (que te da alimento para tres meses) y café o té.

Después de los perros fuimos a ver algunos fiordos y estudiar la jugada para la noche. Visitamos Ersfjordbotn y Sommarøy, una pequeña isla unida por un puente que tiene algunas playas (de arena y con conchitas, de verdad).

Esa noche estaba nublado y no hubo caza de auroras. Lo que sí hicimos es de nuevo lo de la sauna + golpe de frío, y de hecho al final acabamos creando tendencia (otros españoles que rondaban por allí nos vieron y acabaron autoconvenciéndose para salir a la nieve tras la sauna).

La mañana siguiente tocaba excursión por los fiordos con una Zodiac. No me apasionaba nada la idea porque no soy amiga de las aguas abiertas (no me mareo, me agobia verme rodeada de agua y me pongo muy nerviosa), pero he de reconocer que estuvo muy guay y además nos salió el sol. La piloto flipó en colores con esto porque se ve que lo había visto el sol en no sé cuánto tiempo y se puso a hacer fotos como nosotros.

Salíamos de Risvika (al norte de Kvaløya) y nos llevaron hacia el norte, llegando a Gåsvær kapell, una iglesia en medio de la nada (ahora) sobre una islita creada para ser un lugar de reunión de los vecinos de alrededor (además de los motivos sacros). Vimos algunas aves (el tour era para eso aunque sobre todo lo hicimos por el paseo por los fiordos) y focas, aunque muy de lejos (las focas parecían rocas porque sólo asomaban la cabecita, y las águilas sí se diferenciaban muy bien, su apertura de alas es muy característica).

Después de la excursión volvimos a tener diez años en la nieve, haciendo ángeles, la croqueta e intentando un muñeco de nieve que no nos salió porque la nieve no era consistente. Nos dejamos nevar la cara un rato, nos hicimos fotos y después volvimos al coche que de nuevo había quedado bajo diez centímetros de copos: empezaba la despedida.

Ese día nos volvimos a quedar en el camping de Tromsø, dado que el avión a Oslo salía a primera hora de la mañana siguiente. Para despedirnos repetimos de sauna y cenamos en el Egon, descubriendo una sopa de Bacalao de Lofoten que estaba espectacular. Intentamos no tardar mucho para intentar nuestra última caza de auroras, pero aunque el cielo estaba despejadísimo no apareció ni una. Al final estaba yo como cuando el perro espera a que vuelva su dueño todo el día frente a la puerta para nada, pero en una carretera bajo la estrellada noche noruega, así que cuando vi que era tarde, que estaban todos durmiendo y que yo ya me había despedido de la que es mi tierra natal espiritual y flipadamente hablando, cogí el trípode y me volví al coche. Tromsø, esa noche fuiste más rancio que yo.

Un viaje directo a la pole position

En esta vida he tenido la suerte de viajar bastante. No soy Willy Fog y conozco a muchas personas que (también) por trabajo parece que vivan con un avión en el trasero, pero por cosas de la vida he parado poco (especialmente estos dos últimos años), y en pocas ocasiones he acabado en un sitio que no me haya gustado. Pero éste, este viaje ha sido especial. Ha superado expectativas con creces (y era difícil, mucho) y se ha posicionado directamente el primero de mi lista de favoritos, por delante de Nueva York y de la siempre preciosa París.

Era una aventura que había asumido que iba a hacer sola por varios motivos, y finalmente tres/cuatro locos me acompañaron y aportaron sus ideas, organización y paciencia además de la compañía. Alguna vez ya he comentado lo importante que es tener buenos compañeros de viaje, que estén en tu rollo (tranquilo, con horarios, hippie, el que sea), y en este caso estábamos en la misma onda. Y lo que me he reído, cada uno de los días de la experiencia, no tiene precio. El viaje sí, es un buen pico, pero ha valido la pena cada céntimo.

Noruega en invierno es un paraíso albo. Un edén de kilómetros de hielo y nieve que se reparten en un caprichoso relieve, y que el Sol baña con una iluminación preciosa las seis horas del día durante ese ridículo arco que traza en los afortunados cielos del ártico. Probablemente sea bonita también en verano, pero yo aquí tenía que venir a sentir el invierno, y sobre todo a vivir la larga noche noruega y el espectáculo lumínico que sólo estas afortunadas latitudes gozan.

Aurora boreal, Senja

No es un viaje para todos los públicos (ya habéis visto que en nuestro caso uno de nosotros sólo eligió la parte más «turística estándar»), pero de la manera que lo hemos hecho nosotros tampoco hay que ser un Indiana Jones de la vida ni tener la piel de un león marino; basta con buena ropa de abrigo, unos ahorros y ganas.

Un conseji de despedida: las rebajas y las compras online son vuestras amigas si necesitáis ropa buena de abrigo. Yo conseguí que me dejasen un buen anorak, pero en Babaik o Trekkin podéis pillar buenos precios (la experiencia de compra mucho mejor en el primero, por el envío, el trato y la devolución). Os recomiendo pantalones de esquí de los finos (impermeables y calentitos), es decir, no los de tipo muñeco de Michelín, pantalones térmicos de montaña (de ambas cosas los de Decathlon van bien), camisetas térmicas estándar (de las de 15 euros más o menos), mallas térmicas estándar y botas de montaña impermeables. Podéis pillar guantes tipo éstos de North Face para el móvil y poneros unos más gordos encima si no vais a estar toqueteando el teléfono en un rato.

Y hasta aquí este post que tantas ganas tenía de escribir. Que no todos los días se cumple un sueño cuatro veces con la mejor compañía posible.

5 pensamientos en “Martinelizando Noruega: guía de cómo hacer un sueño realidad de la mejor manera posible

  1. Me gusta la forma en la que narras, hace que uno se sumerja y de cierta forma incluso se siente como si una parte de mi viviera esa experiencia 🙂
    Noruega siempre ha sido el país que más ganas he tenido de visitar y tu artículo solo vino a reafirmar mis ganas de ir, sin embargo para mí es un sueño lejano principalmente por cuestiones económicas (Y más tomando en cuenta lo devaluada que está mi moneda; el peso mexicano).
    Espero un día cumplir ese sueño pues finalmente los sueños están para cumplirse, mientras tanto aún tengo muchas joyas que visitar en mi propio país, que también tiene lo suyo.
    ¡Saludos! ^-^

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    1. ¡Muchas gracias! Espero que puedas cumplirlo, desde luego es algo que por mucho que me enrolle aquí es indescriptible (al menos lo de las auroras). Por desgracia es caro, así que a ver si logras reunir suficiente dinero algún día (por suerte siempre estará ahí para cuando puedas), y desde luego tú también vives en un país privilegiado, yo lo pude visitar muy, muy poco y ya me encantó.
      Gracias por tu comentario, perdona que tardase en responder pero los mails de WordPress se me van a «correo no deseado»… De nuevo, gracias por dejarlo, saludos y suerte 🙂

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  2. Hace unos años hice un viaje en coche por Noruega con mi pareja. No fuimos tan al norte (no llegamos ni a Alesund) pero fue uno de los mejores viajes de mi vida. Los fiordos son espectaculares y es un país que vale la pena visitar.

    Eso sí, nunca en julio y agosto, que es cuando van los cruceros y se llena de turismo.

    Otro país dijo de ver es Islandia. También puedes ver auroras y es naturaleza en estado puro. Hay vuelos directos desde Alicante y no son caros si vas fuera de temporada turística.

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    1. Ay, lo que me has dicho… Hace un tiempo que ando obsesionada también por subir a Islandia, jajajaja. Como tengo aún Noruega reciente intercalaré destinos distintos, pero te agradezco el consejo porque algún día me pondré a mirar vuelos.

      Y bueno, a Noruega volveré, no sé yo si con billete de vuelta 😛 . ¡Muchas gracias por comentar!

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  3. No suelo leer muchos blogs, pero he empezado tu artículo y me lo he pasado rebién. Noruega es uno de los destinos pendientes en mi vida, y la verdad es que me ha picado más aún el gusanillo. Un saludo desde Terrassa.

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