Martinelizando el 2017

Hoy 24 de diciembre he despertado sintiendo la Fuerza. La Fuerza que este panel de administración de WordPress bajo toneladas de polvo, hojarasca y sedimento ejercía en mi cerebro en forma de tradición, salpicada de una dosis de ojos de gato de Shreck al ver que desde abril no vengo a despotricar por aquí.

Cada año me siento un ratito ante mi geriátrico portátil a pensar un poco en el que está a punto de acabar, desmenuzando esa pseudo-necesidad de hacer un balance que la sociedad nos ha inculcado de manera más o menos subliminal. Suelen ser conclusiones, agradecimientos y reflexiones de raíz personal, aunque en bastantes ocasiones tocan temas que han agitado internet (o, mejor dicho, la pírrica proporción de la red que mi TL de Twitter alcanza).

Sin más dilación, voy a ello (os pongo «dibus» para amenizarlo, ojo). 2017 ha sido bastante intenso y se lo merecía.

Los 32 son los nuevos 30

Siempre digo que la edad del DNI no es la edad mental porque en bastantes ocasiones la personalidad ha ido por su lado y ha forjado una madurez (o inmardurez) que no casa con lo que se espera de cierta edad. Cuando cumplí 30 me agobié un poco al ver que con tres décadas de vida no estaba cumpliendo con las metas que se supone que una persona de mi edad debería haber registrado, pero esa bofetada la he sentido más este año.

Quizás es consecuencia de ver esas metas en amigos cercanos, quizás es porque me estoy conociendo mejor gracias a dejarme conocer un poco mejor por los demás, o puede que simplemente sea que el baby boom que me rodea me ha descolocado un poco. Pero al final ha servido para reordenar un poco mis prioridades en la vida y, como habitualmente concluyo en esta reflexión anual, pasar de nuevo mucho por el tamiz para quedarme con lo que vale la pena y me compensa.

Esa esencia es, al fin y al cabo, intentar ser mejor en mis roles. Ser mejor tía, mejor hermana, mejor prima, mejor hija, mejor amiga, mejor compañera, mejor empleada (es decir, intentar serlo). Porque puede que al fin y al cabo lo que no estaba viendo del todo es la gran cantidad de roles que tengo, de sitios que ocupo, y que cada uno requiere algo de mantenimiento, como si fuesen siete u ocho semillas en distintos tiestos y sólo hubiese estado regando los que más a mano tengo (y algunos ya conocéis mi incapacidad para mantener una planta con vida).  Y al final el mejor nutriente para la satisfacción propia es la ajena.

No sólo es aprender a nadar, es mantenerse en flote durante las tempestades

Yo no soy periodista. No ejerzo tampoco de periodista. Soy editora. Porque somos lo que hacemos y no lo que cuelga en nuestras paredes u ocupa lugar en nuestros cajones.

El 1 de mayo de este año cumplí dos en Weblogs S.L., y en octubre cumplí uno como editora de Xataka. Es una ínfima parte de lo que llevan muchos de mis compañeros tanto en mi «oficina» como de otros medios, pero creo que con los tiempos que corren y los caminos que he ido tomando es hora de asumir que de algún modo he tomado la decisión de ganarme la vida con esto aunque tenga siempre a mano el pijama (de quirófano), la bata (blanca), las botas y el fonendo. Nunca jamás dejaré de ser veterinaria; mucho más allá del título es algo vocacional, casi innato. Pero la falta de oportunidades y mis propias determinaciones me han puesto aquí, de cara al teclado.

No me ha ido mal, teniendo en cuenta mis orígenes profanos como persona «no de letras», pero aún me queda muchísimo por aprender y estar en la azotea donde me encuentro requiere un esfuerzo que este año he experimentado como ningún otro. Y por suerte (y es posible que esto también lo haya repetido más de una vez) me rodeo de muy buenos maestros, algunos algo menos cercanos por circunstancias de la vida, pero si soy «Martinelli, la de Xataka» es por ciertas personas que estuvieron ahí en su momento y que han estado este año también (algunas demasiado lejos, ya lo sabéis). Vuestra seguridad, vuestra paciencia, vuestra sabiduría, vuestra paciencia (sí, lo repito), todo eso son ladrillos que refuerzan los cimientos que me mantienen aquí arriba y sin vosotros no sé muy bien dónde estaría.

Hay que cuidarse

Este trabajo tiene ciertas comodidades, por aquí ya conté lo ventajoso de trabajar en pijama. Pero la cara B de tantas horas sentada es que hay que cuidarse mucho más, y aunque me queda mucho por hacer y recuperar desde aquel 1 de mayo de 2015 quiero pensar que este año no es que me haya mega cuidado, pero me he descuidado menos.

Juntarse con buenas compañías es lo que tiene y a mí me han hecho recuperar las ganas de correr. Eso junto a cierta constancia en acudir al gimnasio ha hecho que en general me haya movido algo más (aunque a diferencia de José Coronado con los Bio Activia, a mí no se me nota por fuera). Hoy precisamente un compañero compartía por Twitter algo que le ha ocurrido debido a las horas que pasa sentado tomando cierta posición, y me ha recordado lo importante que es no dejarse y no pensar que estamos diseñados para ser la pieza fea del Tetris.

No voy a venir yo aquí como novata en este mundo para aconsejaros, pero un poco sí lo voy a hacer. No olvidéis que nuestro aparato locomotor requiere mantenimiento, como cualquier maquinaria, y que igual que si vas a arrancar aquella vieja moto que tienes parada en el garaje hace años también pasará con vuestro cuerpo si no lo movéis, además de que las grasas camparán a sus anchas. Moveos, comed bien (sin ser infelices) y tened un fisio de cabecera (pero no un magufo, un FISIOTERAPEUTA, con sus estudios, su actualización de conocimientos y su fundamento científico, que es vuestro cuerpo, joder córcholis).

El eclecticismo y la practicidad

Empecé el año rompiendo con la costumbre de responder a todo en Twitter. No iba a significar que iba a perder la educación, pero si se trataba de troles, monguers o conversaciones de ascensor probablemente no iba a perder ni un segundo. He mantenido la promesa y me ha ido bastante bien, incluso hay gente que me sigue y me lee en puntuales ocasiones.

Esto vino porque me cansé, porque Twitter es gratis y no es el remanso de paz digital que encontraba años atrás, cuando me apetecía abstraerme de una realidad algo insulsa para leer cosas que convenientemente había elegido para que fuesen de mi interés. Ahora, pese a aplicar la asepsia twittera, mi TL tiene ruido y está algo exaltado, ayudado por los hilos y los 280 caracteres, y decidí prestarle menos tiempo y centrarme en quienes realmente me interesaban y no en usarlo como medio para enterarme de lo que ocurre (eso lo dejo sólo para cierto aspecto).

En la vida presencial también me he hecho práctica. Las afinidades no son eternas, no son esos enlaces covalentes que a veces nos queremos creer o que se nos han ido inculcando vía programas de la tele o libros. Igual que cambian los intereses, cambian las personas y puede cambiar la reciprocidad, y este año también me he dedicado a analizar cómo me estaba yendo en la parte social y qué es lo que quiero y qué es lo que me he ganado. Y aunque parezca un poco película, la verdad es que no me ha venido nada mal y me he encontrado con ciertas sorpresas conmigo misma.

Lo de perseguir nuestros sueños no es cosa de Mr. Wonderful

En mi amplio haber de mutes cuento con algunas cuentas de ésas que suelen soltar supuestas citas y sobre todo frases de sobrecillo de azúcar. Me resultan muy empalagosas y, sobre todo, un disfraz. Tú te despiertas, vas a trabajar y te ganas el pan, y eso no requiere motivación. Si te ha dejado tu pareja pues sigues con tu vida y siempre habrá una solución que no te va a gustar para eso de lo que te lamentas. Ya está, así, sin edulcorante.

Pero aún así yo soy muy de #ilusioncitas, y éste puede que no haya cumplido ningún sueño, pero lo que he hecho es taladrar y luchar para hacer realidad uno que tengo desde hace años. La perseverancia a veces es molesta, pero no viene nada mal para perseguir algo, y yo al final lo intentaré (porque por desgracia lo que busco es un poco cuestión del azar al final).

Así que os digo una cosa: lo de «quien la sigue, la consigue» no siempre es así, sobre todo si depende de la voluntad ajena, pero lo mínimo es esforzaros en lograrlo. A veces no se logra (yo no he conseguido que Mario Lopez celebre conmigo Fin de año), pero si es así poneos un plazo para lamentaros y andar como George Michael de Arrested development y a partir de ahí cortad y despegad, porque hacerse una película de autocompasión es inútil y os dañará a vosotros y a quien os rodea. Aprovechad que acaba el año para poner fin a historias, que va de lujo.

Y nada más por aquí. Ojalá este año haya más de un post de por medio entre una martinelización y otra, pero la verdad es que he perdido un poco esa Fuerza que antes sí me llamaba cuando me indignaba algo o algún dinosaurio revolucionaba las redes con tesis arcaicas como la de que las autofotos implican un problema psicológico relacionado con el narcisismo, el vacío emocional o la búsqueda de atención o que pasar un día sin móvil (y no un día sin internet) es una especie de cura de salud.

Pero un año más sigo siendo la misma en cuanto a la lucha contra los magufos, la homeopatía, el exceso de HDR, el clasismo de gustos y en general las tonterías, sobre todo cuando detecto que el detonante es alguno de esos personajes/marcas con rebaños o el estupendismo. Y sigo siendo rancia, podéis estar tranquilos.

Que paséis unas felices fiestas, que sea como deseéis y con quien queráis, y no os cortéis si os apetece hacerme algún regalo, respeto totalmente el materialismo. Que la Fuerza os acompañe en 2018, aunque los números pares sean más feos, y siempre, siempre Hakuna Matata.

PD: sed guapos y haced algo revolcionario, siempre.

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