Martinelizando el 2016

La verdad es que este año me desmotivé bastante en cuanto a esta «tradición» que desde hace unos años llevaba siguiendo la tarde de Nochebuena, y así lo dije en Twitter. El año ha sido bastante convulso y llegado el momento no tuve ánimos para hacer mi post resumen (tampoco hubo tiempo de espera mientras se horneaba algo, como sí lo hubo en anteriores ocasiones.

Pero finalmente me animé gracias a algún empujoncito y, de nuevo, ahí va mi reflexión anual a modo de resumen, quizás algo más escueta (y ágil) que otras veces (de nada). Martinelicemos pues este 2016.

Empecé 2016 quitándome obligaciones sociales virtuales. Para bien o para mal, medí la importancia de las interacciones y, por tanto, mi dedicación, y a aquellas que son vagas, forzadas o cargadas de odio al mundo decidí no darles réplica. Enviar al cuerno a haters, infelices, alarmistascategorizadores, egos andantes, soberbios y demás. My social networks, my rules.

Este 2016 ha sido un año de lecciones sonoras, de ésas que hacen «plof» o «boom». Ésas que de manera injusta hacen que las euforias pasen a un segundo nivel en la memoria cuando deberían estar en el salón VIP, porque hubo muy buenos momentos también.

Ha sido un año de rodeos, de varios vuelos de ésos que a muchos les dan pereza pero a mí me encantan. De viajes express de dormir poco, enfermar bastante y aprovechar mucho cada segundo. De hacerme la foto de «he escuchado esto en este sitio» y de levantar la barrera de cafés, la cual en realidad cada día sufro menos (desde hace bastante sobrevivo con uno o dos cafés y bastantes veces uno de ellos descafeinado). Y también de pocas e intensas vacaciones, las últimas, en Polonia, sin portátil y maravillosas.

Segundo intento de esta foto, esta vez con cámara. Habrá un tercero con luz adecuada.

Un año socialmente distinto, con novedades positivas y no tanto. La vida nos lleva por vías distintas que no están muy separadas, pero no comparten raíl, y eso ya va notándose en ocasiones. Pero también ha habido maquinistas que de algún modo han vuelto a reenganchar un vagón que andaba algo perdido entre estaciones, sin dar coordenadas de GPS demasiado claras.

Ha sido un año que odiaremos siempre en casa, porque nos robaron. Nos dieron palos sin anestesia, sin compasión y sin lógica, ese maldito azar de los telómeros y las células cuyo afán de protagonismo acaba ocupando demasiado espacio y que todos debemos ayudar a combatir con armas de verdad. Ya hace mucho tiempo que hicimos un corte de mangas a la evolución y cogimos el timón de la selección natural, y ahora toca combatir algo que nuestro propio cuerpo creó para exterminarnos y es vital que apoyemos la investigación científica, porque ellos son los que recurren a la realidad para intentar batir al cáncer. En 2016 las pseudociencias han cogido fuerza gracias a la desinformación y a que ésta ha llegado a infectar programas políticos. En 2016 me llamaron exagerada por mi cruzada personal y eterna contra ellas, contra la mentira, por la manida y dañina tesis de que quizás el efecto placebo es beneficioso a veces. 2016 era el peor año para que me llamasen eso, y como dice Kelly Clarkson, lo que no me mata me hace más fuerte (y la ignorancia también).

Pero también ha sido un año de crecimiento de la familia. Los «milagros» del embarazo y del parto no dejan de fascinarme cuando amigas y primas dan a luz a pequeños y maravillosos seres que con su delicado y parsimonioso descubrimiento de su entorno llenan de alegría a sus familiares. En 2016 las madres han vuelto a dar lecciones, a estar ahí siempre, a ser heroínas. Y ha sido un año para entenderlas mejor, para reencontrarse con ellas.

De lo que más me arrepiento es de lo egocéntrico y egoísta que ha sido mi 2016. Esto lo he sufrido yo y lo ha «sufrido» más gente (quizás más bien aliviada), y digo sufrir porque no ha sido egocéntrico precisamente para mi propio beneficio. Un año en el que no he sabido poner el freno a ciertas cosas y se me han ido de las manos, y las alarmas han sonado mal y tarde. He filtrado y he sido filtrada, y huyo de calcular el balance porque sé que el resultado es negativo. Y ahora toca acabar el combate que tengo entre la nostalgia y la honestidad.

Ha sido mi año de Snapchat. He escrito mil veces sobre mi percepción de las redes sociales y el cambio de paradigma que se ha dado en la sociedad desde que éstas empezaron a colonizar nuestro tiempo, y no me voy a repetir. Sólo puntualizar que esta chorrada de app, ahora algo más decente pero igual de ladrona de datos, recursos y battery killer que siempre, ha supuesto otra ventanita a más gente, aunque parece que estamos viviendo el último aliento de la red hasta que Evan Spiegel se rinda ante los abordajes clonadores de Zuckerberg y abandone la app (o se la compre alguien). Mientras tanto, seguiremos aguantando. #Resistencia Snapchat

Creo que 2016 ha sido un año de paso y de segundas oportunidades. Un año complejo pero de puente, y que de alguna manera me debería haber servido de prácticas para lo que viene en la vida. O simplemente un año puñetero, y punto. Pero también ha estado salpicado de muy buenos momentos, de reencuentros geniales, de recuperar sensaciones y, sobre todo, de un «1, 2, 3, ¡despierta!» en varios aspectos.

Sin dar más la chapa, espero que el vuestro haya sido un buen año y que estéis celebrando su final como mejor sepáis. Hakuna matata y carpe diem.

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