Martinelizando Black Mirror [Spoiler alert]

Yo misma a veces caigo en esos convencionalismos tan arcaicos y rancios como el de «qué gustos tan raros tienes» diciéndomelo a mí misma. Sobre gustos hay mucho escrito, pero sobre todo asentado por castigo mainstream, y cuando no te gusta algo que tiene acogida aparentemente general el efecto natural puede ser esa sensación. A veces estoy con mis amigos, familia o en mi TL mismo y escucho/leo nombres y hashtags que tardo un buen rato en relacionar o identificar (si es que logran suscitarme interés).


Yo en esos momentos, dramatización.

A esto hay que sumar mi alergia a lo mainstream y el que me apetezca consumir un tipo de contenido según épocas, pero todo esto viene porque me ha gustado mucho algo que definiría como raro pero está siendo bastante tendencia: Black Mirror. En inicio fui una consumidora tardía de esta serie porque me enteré hace no mucho de su existencia (gracias, Amparo), pero lo positivo es que al no tratarse de algo muy comentado (no lo era hasta ahora o no tanto como para captar mi atención) no iba condicionada de ninguna manera de cara a verla y a qué esperar, sólo sabía que cada capítulo es autoconclusivo y que había muy pocos por temporada.

Hoy he terminado los últimos episodios que han estrenado, la tercera temporada, y me sigue pareciendo una de las mejores series que he visto. Tanto que me apetece hablar de ella, y aviso, hay spoilers.

Black Mirror gusta porque no es como una serie cualquiera, en nada

La serie en sí es una clara nota de aviso ante un futuro dominado por la electronización (permitidme la invención del palabro) de nuestra rutina, de nuestro mundo. No sé si llamarlo crítica, y me explico: hay episodios más tecnófobos que otros, pero creo que el mensaje no es «no avancemos con esto/hacia esto», sino «mira de lo que es capaz tu especie si cambias sus juguetes». Lo que sí es claramente es un puente directo a una reflexión profunda casi tras cada capítulo. Esto puede tener varios efectos según el consumidor y el momento en que le pille, y a mí personalmente me encanta quedarme con la boca abierta y sonreír ante el torpedo reflexivo que la mayoría de capítulos ha logrado meterme y explotar entre neurona y neurona, sobre todo porque con poco que me conozcáis o hayáis leído suelo salir en defensa de los prejuicios, postureos y pavores ante un futuro catastrófico en manos de la tecnología.

Es una serie que no «he logrado» (con «mis gustos raros» no se me suele hacer caso ante las recomendaciones de contenido) que vean mis amigos presenciales (los de toda la vida), y lo único que ha generado la mención de Black Mirror ha sido alguna nariz arrugada. Pero sí he podido hablar sobre ella con gente como mi querido ahijado geek Antonio Sabán. Hemos tenido sensaciones distintas con los episodios de esta última temporada y lo hemos comentado, hablando de la doble valoración que requeire esta serie: la del entretenimiento y la de esa esencia reflexiva que comentaba al inicio. Él sintetizó muy bien su parecer en este tweet:

Los giros magistrales: la droga que mi cerebro necesita

A mí lo que me ocurre es que la reflexión o la crítica me cala menos, quizás por un involuntario remanente de inmunidad debido a esa defensa pro-electronificación de la que os hablaba antes. Es decir, la gracia de la serie es esa (siempre preciosamente montada) advertencia que hace sobre alguna tecnología, servicio, producto o uso cotidiano plasmando alguna consecuencia normalmente pesimista y en ocasiones devastadora, pero lo que a mí me gusta y engancha realmente es que argumentalmente tiene unos giros que no me espero, y que me dejan segundos con la boca abierta con las comisuras tímidamente hacia arriba.

No es que me resbale el aviso o la crítica, lo entiendo y lo puedo compartir en parte. Lo que creo que me ocurre es que tengo asumida la consecuencia que esboza en la práctica, es decir, si coges el episodio y lo pasas por un tamiz de realismo para aplicarlo a nuestra realidad actual, a nuestra sociedad, costumbres y desarrollo tecnológico. Y eso hace de amortiguador ante la alarma o «miedo» que el mensaje puede dejar en el espectador.

Aquí un buen ejemplo es el primero de esta tercera temporada, Caída en picado, centrado en la dependencia a los «me gusta». Aquí de hecho coincidimos Antonio y yo en sensaciones; nos parece que está bien plasmada la llamada de atención (existente y real) a esa dependencia de número de seguidores o «me gusta», pero en el final el capítulo pierde bastante. Personalmente me pareció ingenioso hacer que esa especie de Klout fuese lo que predeterminara todo en la hipotética sociedad futura (estatus, medios, etc.), por encima incluso del dinero, pero no me alarmó. No dije «¡Ostras, nos estamos condenando con la doctrina del like!». Lo que vi es algo del presente, una metáfora muy bien diseñada a nivel estético de quien actualmente tiene ese problema de dependencia, porque haberlos haylos.

Sin embargo, me han gustado mucho más otros. Ésos que me han hecho decir improperios y maldecir al aire por la euforia que me da laa estafa mental que logra un buen giro argumental, aunque la nota de aviso social no haya sido la más clara o mejor aplicada. Un ejemplo ha sido el segundo de esta tercera temporada, Playtesting, que pasó de hacérseme algo largo a cortocircuitarme neuronas a puñados hacía el final, y lo mismo más o menos con el tercero, Cállate y baila (las trollfaces fueron la guinda perfecta).

Otro que me gustó bastante el de 15 millones de méritos (primera temporada), que me recuerda un poco al de Caída en picado en cuanto a la hipótesis, pero creo que está mejor resuelto. Otros no me han calado tanto, como San Junipero, que me ha parecido muy bonito visual y musicalmente, pero no me ha sorprendido ni he empatizado demasiado.

Dejando mis pareceres a parte (quien quiera conversar sobre ello sin spoilear a nadie, ya sabe dónde encontrarme), hay guiños y componentes de la serie que me gustan o me llaman la atención, como la canción que aparece puntualmente (Anyone who knows what love is). O algo que creo que es fundamental en su propósito último: el arresto. Un ladrillo fundamental en la construcción de la serie, una de sus herramientas. En muchos capítulos las consecuencias del (los) protagonista(s) conducen a una celda o algún tipo de retención. Me parece una manera muy buena de canalizar la empatía del espectador para llevarlo a donde quieren: si te pasas te lo pierdes, o si te sales del status quo que tu consumo de la tecnología ha acabado asentando.

En definitiva, es una serie distinta a otras porque el entretenimiento parece casi una consecuencia de un fin primero: el dar una bofetada a las divagaciones basadas en un avance tecnológico fantásticamente invasivo y cómodo, mostrando las peores consecuencias del hecho de que llegue a estar directamente implantado en nosotros, haciéndonos vulnerables y dependientes. Como os contaba, a mí sin embargo me gusta más por lo primero, por lo que me divierte, y no me crea una sensación de alarma (si de mind-blowing, y me encanta), pero al fin y al cabo conmigo lo han logrado y he devorado las temporadas en cuanto las he descubierto o tenido, y con ganas de que haya más. Aunque no sirva de nada, yo os la recomiendo encarecidamente.

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