A toda Rosalía le llega su Daft Punk (o martinelizando a Rosalía)

Me cansan los dramas. Los he tenido en mi vida, como oyente y como autora, y siguen pululando mi tiempo sobre todo vía Twitter. La mayor parte de las veces por retweets o ya indirectamente, reflejados en vuestros comentarios.

Y cada vez me parecen más gratuitos, más fáciles, más superfluos. Por eso desde hace tiempo he optimizado la catalizacion que mis neuronas hacían para que el producto de la reacción no fuese hastío, sino risa. A mí ahora vuestros dramas me siguen cansando, pero me parto la caja con ellos.

Uno de los más recientes es EL drama. EL tema. EL fenómeno. Y yo no podía hacer otra cosa que reírme, que lo sigo haciendo, y que opinar. Por eso he decido lanzarme y martinelizar a Rosalía. TRA TRA.


Acto I: cómo Rosalía entró en mi vida

Hace un tiempo alguien compartió por mi *timeline* Malamente de Rosalía. La escuché y no me dijo mucho, me causó simpatía que en el vídeo hubiese motivos de la cultura poligonera y gitana, pero como canción no me caló, de ahí que no me lanzase a escuchar el trabajo entero.

Ahí mis errores fueron dos: el prejuicio, que siempre es un error, y el pretender escuchar algo cuando en realidad no podía hacer más que oírlo (mientras trabajaba). A mí la música española me tira poco y los géneros «tradicionales» quizás aún menos, y eso favoreció que pensase que no me iba a aportar mucho.

Qué equivocada estaba y qué estúpido es ser ciego cuando se tiene la visión sana.

¿Qué fue mi medicina? La lógica altozana, una vez más. El análisis que muchos ya habréis visto y revisto sobre El mal querer que Jaime Altozano tuvo a bien regalarnos en su magnífico canal de YouTube, el cual recomiendo encarecidamente a quien ame/entienda la música, la quiera amar/entender o quiera abrir un poco más los ojos en general.

Este análisis lo dice todo o casi todo a nivel musical y en cierto modo etimológico sobre el último trabajo de la catalana, y por eso (y porque carezco de conocimientos para hacerlo) no voy a incidir en la composición y la lógica del disco. Pero sí voy a profundizar en qué me pasa con él y lo que os pasa a «vosotros» con él.

Acto II: los acordes, las drogas, los micrófonos

Creo que lo he comentado alguna vez por Twitter, pero lo recuerdo por aquí porque viene al tema. Tengo la teoría de que algo que influye en nuestro gusto musical de manera involuntaria y latente, más que cierto género musical, son ciertas sucesiones de acordes.

Creo que hay determinados conjuntos de acordes que nos pulsan un botón. Como un *like* sensorial.

Quizás binomios, quizás puzzles de tres o cuatro, pero que hay determinados conjuntos de acordes que nos pulsan un botón. Un *like* sensorial (quizás bañado de endorfinas) que es ese «uhm», esa satisfacción de medio segundo que manifestamos cerrando los ojos y semisonriendo.

En mi caso la mayoría deben ser cadencias o, digamos, conclusiones muy de libro. De ésas que en fundamentos de composición o asignaturas similares deben explicarse como técnicas típicas para acabar un motivo musical o una composición, o quizás propias o casi patognomónicas de cierto tipo de piezas o música (o de ésas muchas que ya nos traduce Altozano en sus vídeos).

Ejemplos de ello son el segundo de placer absoluto que tiene el cuarto tiempo de la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorak y que ya os describí y ubiqué aquí (junto al Capricho español del que hablaré más adelante), o muchos de los que hay en la zarzuela y algunas composiciones flamencas. ¿Y qué pasa con «El mal querer»? Que tiene tres mil de ésos.

«El mal querer» tiene muchas armonías que me gustan, que me enganchan y que mi cerebro me pide repetir

Tiene muchas armonías que me gustan, que me enganchan y que mi cerebro me pide repetir. Es lo que pasa cuando la música te gusta tanto que el placer que te produce es adictivo, que al final ese botón sensorial que estos acordes logran pulsar es un clítoris neurosensorial, y tu cerebro que no es tonto quiere que toques, toques y vuelvas a tocar.

Acto III: lo que me flipa de «El mal querer» y por qué

Llevo unas semanas escuchando «El mal querer» casi continuamente (no, a Spotify no se le ha estropeado lo de mostrar qué escucho, es verdad), y al ya ir pudiendo ir más allá de su música puedo a su vez desmenuzarlo y preguntarme qué me pasa con él, ahí va.

Me gusta la simetría, los compases pares, que la tableta de chocolate siempre se quede sin trozos sueltos o que la cuña de queso se quede recta. ¿Qué me trae Rosalía? Cagarse en la lógica, en mi lógica rítmica, hacer que probablemente jamás pueda aprenderme de memoria sus canciones porque mi cerebro no es capaz de almacenar el punto justo en el que entra su voz, haciendo que acertar el momento en el que Emma Stone empieza a cantar en Audition sea pan comido.

Estoy convencida tras ver cómo habla de su trabajo de que es perfectamente consciente de qué efecto sensorial y casi psicológico tiene un compás de amalgama

Esto es, en la práctica, novedad cada vez que lo escucho. «Ay, no, no es ahora es AHORA». Cada vez. Pero que no se me malinterprete; no es por una estructura caótica, está estudiadísimo. Ella ha hecho lo que le da la gana y estoy convencida tras ver cómo habla de su trabajo de que es perfectamente consciente de qué efecto sensorial y casi psicológico tiene un compás de amalgama, o usar ritmos de diez y otros bastante poco frecuentes en el pop más estándar, o al menos eso destilan entrevistas que le han hecho como ésta de La Ventana, en la Cadena Ser.

Esto normalmente me podría nerviosa, algo si como «Pero ACABA LA FRASE» (el TOC de acabar las cosas, de no poder dejar un paquete con media rosquilleta para la próxima vez). Pero lo que consigue el universo de Rosalía (parafraseando a Altozano en una metáfora que me encantó) es diluir mis TOC y virarlos a ansia, a querer más, a seguir escuchando o repetir.

¿El truco? Armonías con su propia voz y efectos sonoros que te pulsan ese botón del que hablaba mientras te cuentan una historia. Hacer que la música te transmita algo a nivel psicológico, crear tensión y destensar cuando a ella le da la gana. Ella maneja tu tensión, tiene el timón, y lo coge y lo gira en cada envite sonoro de sus canciones.

Ejemplos de ello son los coros del «De aquí no sales», con armonías con su propia voz que combinan una escala más natural con una más aguda, que transmiten algo entre advertencia, amenaza y tensión, con acordes de sexta y otras distancias que no son la típica tercera (o sí, a veces) mimetizados. Te está diciendo, a la vez, que sufras, que ojo a lo que viene y que a ver si tienes huevos de cantar esa segunda voz.

De hecho, «Malamente» me parece de los temas menos interesantes del disco (tampoco es el favorito de la cantante, BAIA). Es pegadizo con razón (como Despacito) y por mi parte vais a tener TRA TRA hasta el año que viene mínimo, pero yo creo que se la sacó (perdonadme lo soez del tono, ésta y la próxima vez) con otras canciones.

«Bagdad» es una volada de cabeza, «Que no salga la Luna» es un poema sinfónico de una boda gitana, «Di mi nombre» es una de las canciones que mejor describe y contextualiza un determinado coito, «Maldición» es una genialidad musical y antológica y «A ningún hombre» es un canto feminista, una venganza cuya sed se ha ido creando en ti acorde a acorde, efecto a efecto, palabra a palabra desde esa ligera y casi banal intro del «Malamente».

Os pongo ejemplos de lo que me flipa en cada caso:

  • «De aquí no sales» te dice que 1) Las motos son música 2) El flamenco y la música tradicional española tienen mucho de árabe (y gracias) 3) Mirad, mujeres, esto es un maltratador.
  • «Que no salga la Luna» está compuesta de motivos intensos y una narración clara y concisa de Rosalía, ella y la reverberación. Y su voz interpretando la euforia y la ilusión, voz infantiloide precedida de un sentencia que te pone la piel de gallina y te advierte con una melodía que es como un *.zip del flamenco en lo que tarda en cantar «Si hay alguien que aquí se oponga que no levante la voz». PEIM.
  • «Bagdad» tiene un momento de soledad con Dios que está tan, tan bien conseguido que hasta una atea como yo empetiza (el mismo efecto que tiene el gospel, pero aquí con voces blancas). Una intimidad entre creyente y supuesta entidad totipotente y omnipresente que está combinada con un éxito pop. Y cadencias flamencas. Es que vaya tela.
  • «Di mi nombre» es el título del capítulo «Éxtasis» porque es como coger “pasión” y meterla en Google translate con la opción castellano-música. Proximidad, contacto, privacidad, agresividad, interpretación y el aliento ajeno en rostro propio. Eso en una canción que si no te hace levantarte o al menos dar palmas (aunque sea con una mano contra tu trasero) es que estás muerto por dentro.
  • «Maldición» empieza (según MI criterio) con la puñetera Boda de Luis Alonso de Gerónimo Giménez (o cómo se escriba), hecha fantasía, y sigue con una emulación de la malagueña del puñetero intermedio de la Torre del oro (del mismo autor, y ahora me explayaré sobre esto). Con eso te canta una liberación y el reconocimiento de unos sentimientos, la digestión de un amor y de una represión, un «reguero de sangre». Y lo hace con un sencillo (a nivel de instrumentación) acompañamiento arpegiado (de manera compleja y nada intuitiva, algo que explica mucho mejor Altozano) que a mí me recuerda a la insigne sacada de Giménez (lo que hacen los bajos, la melodía es otro cantar) y que progresa de nuevo al angelical juego armónico que hace la cantante doblando su propia voz, y que a mí me retrotrae al maravilloso corte que implica la malagueña en la Torre del oro. Se para el mundo y el tempo, y suena el saxo (ahora matizo), y canta Rosalía al amor pasado
    • En la Torre del oro es un corte porque finaliza una serie de motivos y melodías en tonos menores y más pasionales, casi misteriosos, para a modo de puente llevarnos a un último fragmento con acordes mayores (más alegres). Algo que por cierto se transmite infinitamente  mejor en la versión para banda, con un solo de saxofón que te eriza hasta las ideas y del que hablé en la segunda entrega de Momentitos de piel de gallina porque es opio sonoro. Y ojo aquí, las casualidades y la vida, resulta que la Torre del oro es una zarzuela que cuenta la historia de un personaje apodado como el conocido monumento sevillano llamado Rosalía. ROSALÍA. ¿Cómo te quedas? Pues muerter.
  • «A ningún hombre» tiene una producción sencillísima. ¿Por qué? Pues porque un discurso de venganza y de escupir en la cara de un mal nacido no necesita nada más si se enuncia (y se canta) así, con las palabras justas y necesarias, y con las armonías y los ecos suficientes. Maestra, y ya está.

Y después de todo esto, que es mi mundo y mi circunstancia, os quiero dedicar unas palabras a «vosotros». A por qué me estáis dando tanta risa (y la tabarra) y por qué sois más pavlovianos que mis gatos cuando abro el armario donde guardo el pienso. A vosotros, de nuevo, odiadores.

Acto IV: otra vez con el mismo cantar (o lo de Muse y Daft Punk)

A mí me gustó Daft Punk por «Random Acces Memories», me cautivó Muse con «The resistance» y me ha flipado Rosalía con «El mal querer». ¿Qué tienen en común los dos primeros? Que supusieron una ruptura con lo anterior en referencia al estilo de los artistas. ¿Qué tienen en común los tres? El clamor dramático del purista, el «Ya no son lo que eran» o «Esto no es [inserte aquí género musical primigenio]», los estertores digitales de nuestros tiempos.

Los gustos son irracionales, y el clasismo de gustos es tan sin sentido como inútil

Yo no tengo conocimientos de flamenco, ni de rock, ni de la mayoría de los tres mil géneros musicales que escucho, pero es que pasa una cosa: los gustos son irracionales, y el clasismo de gustos es tan sin sentido como inútil. Y agotador, es tremendamente agotador.

Daft Punk relajó su estilo y ¿qué hizo? Abrir su redil. Que yo, cateta del house o de lo que quiera que hayan compuesto, me empapase de toda su discografía y reparase portátiles a ritmo de «Harder, better, faster, stronger».

Muse sinfonizó y suavizó el suyo y ¿qué hizo? Que me volase la cabeza con un rock distinto y que tontease con algo más que con los 40 principales en plena edad del pavo (que ahí no había reaggetón, pero había mandanga de la buena con el pop de la época y las canciones del verano). O sea, «Uprising». O sea, «United States of Eurasia». Unos señores partos. Dos obras maestras.

Rosalía aún no ha tenido tiempo de cambiar su estilo porque diría que lo está buscando o, mejor, nos lo está explicando. Creo que lo que transmite «El mal querer» es que la artista siente gran variedad de cosas, que pasa por un abanico de estados de ánimo (o lo que es lo mismo, que es humana) y que siempre puede encontrar la manera que más le gusta para plasmarlo y para expresarlo. Está experimentando y ha llegado a su (primer) Eureka.

Es decir, que hizo lo que le dio la gana.

Acto final: de cuando me meé en mis prejuicios

Y esto molesta porque no encaja en un molde y porque gusta a millones de personas en todo el mundo. Porque no es quizás el flamenco tradicional y porque ahora entre los cojines del sofá te encuentras 43 céntimos, pelusa, un boli y «Malamente».

Es que somos la risa, somos lo más patético del universo. Oumuamua, ven y destrúyenos de una vez, haz el favor.

Pues me alegro de que, si es que ha roto con todo lo preestablecido, que lo haya hecho. Porque así Altozano ha escuchado a otros maestros de este género (como explicaba en el vídeo, que vaya con los bailaores y cantaores japoneses, mis dieses absolutos) y yo me he meado en mis prejuicios, porque los prejuicios son para eso: para diluirlos, para denostarlos. Y no denostar a Rosalía por hacer lo que le ha dado la gana y porque la traducción de su talento y el de su equipo a ondas sonoras lo haya petado.

Ah, y lo de apropiación cultural me da mucha risa. ¿Pero qué es eso? ¿Pero qué mal ha de dormir alguien para que salga con ese rollo? Si esto es apropiación cultural oiga, póngame tres tazas. En Twitter ya lo dije, ¿entonces qué hacemos con el Capricho español de Rimski-Kórsakov (ruso)? ¿Qué hacemos con un pedazo de poema sinfónico que quizás entienda mejor un canto gitano o un fandango asturiano mejor de lo que lo haremos muchos de nosotros, españoles por DNI y por genética, en nuestras vidas?

Deberíamos hacernos mirar que los fenómenos nos molesten, o darnos cuenta de que si nos quejamos de su persistencia en las redes sociales es que no las entendemos. Es que no entendemos nada (y mención especial aquí a esta cuenta de Twitter que es magnífica, gracias por tanto, Hematocrítico).

Ojalá le vaya bien a esta catalana y ojalá seamos testigos de más trabajos como éste (de ella o de quien sea), resultado aparente de un duro trabajo y sobre todo de un deseo claro, de algo personal. Y TRA TRA para todos vosotros.

Un pensamiento en “A toda Rosalía le llega su Daft Punk (o martinelizando a Rosalía)

  1. Oumuamua, ven y destrúyenos de una vez, haz el favor jajajaja. No había leído nada tuyo, pero la verdad es que eres una risa. Y las dices como puños!
    Un saludo desde Terrassa.

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